Santuario de Samaná, entre protección de las ballenas y turismo de masa

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RESUMEN
“Bienvenidos a bordo de nuestra embarcación”. Con su gorra azul, la canadiense Kim Beddall es la veterana de los guías de observación de ballenas. Son las 9 de la mañana en la bahía de Samaná, al norte de la República Dominicana. Y como todos los días entre enero y marzo desde hace 30 años, Kim dirige ‘Pura Mía’, su barco, mar afuera, con una cincuentena de turistas a bordo, para ir al encuentro de las ballenas jorobadas.
Los cetáceos recorren 7000 kilómetros desde las costas canadienses para reproducirse o dar a luz aquí en las aguas cálidas de República Dominicana.
De repente, surge un penacho de aire y agua de mar, y luego, el cuerpo de 14 metros de una ballena saltando. Otra golpea la superficie del agua con su aleta y nada a pocos metros del barco.
Desde 1999, fecha en la que se inició el monitoreo científico de las ballenas en la Bahía de Samaná, la científica ha notado que el área se mantiene como un santuario de reproducción.






