EditorialNacionales

“A 51 años, Orlando Martínez sigue diciendo la verdad”


Escuchando artículo…

0:00 / 0:00


POR FREDDY NÚÑEZ JORGE

SANTO DOMINGO, RD.- Hay gestos que llegan tarde, pero no por eso dejan de ser necesarios. Esta semana, el presidente Luis Abinader decidió saldar, al menos en parte, una deuda que llevaba más de medio siglo abierta: reconocer la vida y el sacrificio de Orlando Martínez Howley, una de las voces más valientes y lúcidas del periodismo dominicano.

No se trató simplemente de una condecoración. Fue, más bien, un acto cargado de memoria, de historia y de conciencia. Porque cuando un país decide honrar a alguien como Orlando Martínez, no solo está mirando al pasado; está preguntándose, de frente, qué tipo de sociedad quiere ser hoy.

Martínez no fue un periodista cómodo. No escribió para agradar, ni para encajar. Escribió para incomodar, para cuestionar, para sacudir. En tiempos donde el silencio era muchas veces la única forma de sobrevivir, él eligió hablar. Y ese acto, tan sencillo en apariencia, terminó costándole la vida.

El reconocimiento otorgado por el Estado dominicano busca, precisamente, reivindicar esa valentía. Pero también deja una pregunta flotando en el aire: ¿hemos aprendido lo suficiente de ese pasado? ¿Hemos construido un país donde decir la verdad ya no sea un acto de riesgo?

En su intervención, el presidente Abinader insistió en que el mejor homenaje no es recordar, sino garantizar. Garantizar que ningún periodista tenga que pagar con su vida el precio de opinar. Garantizar que la crítica no sea perseguida, sino valorada. Y, sobre todo, garantizar que la democracia no sea una palabra bonita, sino una práctica real.

Guido Gómez Mazara

En medio de ese contexto, la participación de Guido Gómez Mazara aportó una dimensión particularmente humana al acto. Más allá del protocolo, su reflexión conectó con una verdad que a veces olvidamos: la democracia que hoy vivimos no nació de la nada, sino del sacrificio de muchas voces que se atrevieron a desafiar el poder.

Gómez Mazara no solo habló de Orlando Martínez como individuo, sino como símbolo de toda una generación de comunicadores comprometidos con causas, no con intereses. Su intervención tuvo ese tono de quien entiende que la historia no es un relato lejano, sino una herencia viva que todavía nos interpela.

Y es que Orlando Martínez representa algo más profundo que un caso o una fecha. Representa la dignidad de ejercer una profesión con ética, incluso cuando el entorno es hostil. Representa la idea de que la verdad, aunque incómoda, siempre vale la pena.

Su asesinato, ocurrido en 1975, no fue solo un crimen contra una persona. Fue un golpe directo a la libertad de expresión y una herida que marcó a toda una nación. Una herida que tardó demasiado en empezar a sanar, y que aún hoy nos obliga a mirar con honestidad nuestras propias debilidades como sociedad.

Sin embargo, también es cierto que su legado ha sobrevivido al tiempo. Sigue presente en cada periodista que investiga, en cada ciudadano que cuestiona y en cada voz que se niega a callar ante la injusticia. En ese sentido, Orlando Martínez no pertenece solo al pasado: sigue siendo parte del presente.

Quizás por eso este reconocimiento importa. Porque más allá de la medalla, lo que realmente está en juego es el compromiso colectivo de no repetir la historia. De construir un país donde la verdad no sea peligrosa, donde disentir no sea un delito y donde la memoria no sea olvidada.

Al final, lo que quedó claro en ese acto es algo simple pero poderoso: la voz de Orlando Martínez no fue en vano. Y ahora, más que nunca, nos corresponde a todos asegurarnos de que nunca vuelva a ser silenciada una voz como la suya.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba