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Cuando el dinero vale más que una vida

Una historia que nos invita a mirar más allá de la violencia y recordar que, ante los ojos de Dios, ninguna ambición, traición y ninguna cantidad de dinero pueden estar por encima del valor sagrado de la vida humana


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POR FREDDY NÚÑEZ JORGE

SANTO DOMINGO, RD.– Hay historias que estremecen no solamente por la violencia que contienen, sino porque nos obligan a detenernos y preguntarnos en qué momento el corazón humano puede llegar a perder el sentido del valor de la vida. El relato ofrecido por Kevin Dariel Germán Troncoso sobre el asalto a la residencia del artista Gilberto Julián Sarante, conocido como Julián Oro Duro, deja precisamente esa sensación.

Según contó antes de entregarse a las autoridades, todo habría comenzado con una propuesta de 20 mil pesos para transportar a una persona. Una cantidad de dinero que terminó conectándolo, de acuerdo con su versión, con una operación mucho más grave de lo que inicialmente habría imaginado. Y aquí aparece una primera reflexión cristiana: cuántas veces una decisión aparentemente pequeña puede abrir la puerta a consecuencias que jamás calculamos.

La Biblia nos enseña que la vida humana tiene un valor sagrado porque el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. Por eso, cuando una vida es amenazada, agredida o arrebatada, no estamos solamente ante un delito: estamos ante una profunda herida contra la dignidad que Dios concedió a cada persona.

El relato de aquella noche describe agresiones contra una mujer, el encierro de una persona mayor y un ataque contra Julián Oro Duro. Son hechos que, de ser confirmados tal como fueron narrados, nos recuerdan hasta dónde puede llegar la oscuridad cuando el dinero, la ambición y la traición ocupan el lugar que solamente deberían ocupar el respeto, la conciencia y el amor al prójimo.

Desde la perspectiva cristiana, justicia y misericordia no son enemigos. Dios nos llama a hacer justicia, pero también nos recuerda que todos necesitamos arrepentimiento y misericordia. El Evangelio no justifica el mal, pero tampoco cierra para siempre la puerta a quien reconoce su pecado y decide cambiar.

Jesucristo enseñó que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Esa enseñanza parece sencilla, pero contiene una verdad enorme: si realmente viéramos al otro como una criatura de Dios, sería mucho más difícil convertirlo en un objetivo, en un obstáculo o en un instrumento para conseguir dinero.

También está la familia. Una casa debería ser refugio, lugar de descanso y seguridad. Cuando la violencia entra en ella, no solamente golpea a quienes están presentes; deja una marca emocional que puede permanecer durante mucho tiempo.

Por eso, mientras las autoridades investigan y la Justicia determina responsabilidades, la sociedad también tiene una tarea. No podemos acostumbrarnos a la violencia ni aceptar que la delincuencia sea una alternativa de vida. Cada vez que una persona decide respetar la vida, trabajar honradamente y rechazar el camino del crimen, también está contribuyendo a construir una sociedad más cercana a los valores del Evangelio.

Hay, además, una lección espiritual que no debemos ignorar: nadie sabe cuándo una decisión puede cambiar para siempre su propia vida y la de otras personas. El apóstol Pablo advertía que “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Las decisiones tienen consecuencias, y tarde o temprano debemos responder por ellas.

Pero el cristianismo también nos enseña que el arrepentimiento verdadero puede abrir un camino distinto. El perdón de Dios no significa borrar las consecuencias de nuestros actos ni impedir que la justicia cumpla su función. Significa que incluso en medio de la oscuridad existe la posibilidad de reconocer el mal, pedir perdón y comenzar un proceso de transformación.

Al final, más que quedarnos solamente con el horror de una noche, deberíamos preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir. Una sociedad donde la vida tenga precio o una sociedad donde cada ser humano pueda sentirse protegido, respetado y tratado como alguien creado por Dios.

Que este caso sirva, entonces, no solamente para buscar justicia, sino también para recordar una verdad que nunca debería pasar de moda: el dinero se puede recuperar, los bienes se pueden reemplazar, pero una vida perdida no vuelve. Y cuando Cristo nos llama a amar al prójimo, no nos está dando una simple recomendación; nos está mostrando el camino para que la violencia no tenga la última palabra.

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