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Cuando la verdad espera su turno, la justicia restaura y el perdón sana


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SANTO DOMINGO, RD.— Ayer, algunos compañeros me sugirieron que escribiera sobre una información publicada en el periódico matutino El Día, bajo la dirección del periodista José P. Monegro. Confieso que, antes de sentarme a escribir estas líneas, pensé mucho si valía la pena hacerlo. Con los años, uno aprende que muchas veces, el silencio es una forma de prudencia. Pero también he aprendido que hay silencios que pesan demasiado sobre la conciencia, particularmente cuando uno siente que la verdad está esperando que alguien le abra la puerta.

Conozco a José P. Monegro y, aunque nuestros caminos no coincidieron plenamente ambos tenemos raíces en ese Cristo Rey que nos vio crecer, soñar y aprender el significado de la solidaridad. Yo fui monaguillo en la iglesia de mi barrio, mientras que Monegro es un hombre de Dios que predica el Evangelio desde su posición de diácono de nuestra Iglesia católica.

Porque cuando uno ha pasado buena parte de su vida entre el deporte y el periodismo, termina comprendiendo que detrás de cada conflicto institucional hay seres humanos. Hay familias, sacrificios, reputaciones, años de trabajo y, sobre todo, personas que muchas veces cargan en silencio con las consecuencias de decisiones tomadas donde quizá no siempre se alcanza a ver el rostro humano de quienes resultan afectados.

Desde 2023, las federaciones de Badminton, Esgrima, Pentatlón, Tiro y Surfing han vivido un proceso de enfrentamientos con las pasadas autoridades del deporte nacional, incluyendo cuestionamientos, suspensiones y actuaciones que sus dirigentes han considerado injustas. Desde el sector que represento, hemos sostenido que hubo decisiones que lesionaron derechos y que, en algunos casos, se actuó de una manera que consideramos desproporcionada.

Este conflicto tuvo como telón de fondo las pasadas elecciones del 2022 del Comité Olímpico Dominicano, un proceso que terminó decidiéndose por apenas un voto. Un voto. Una diferencia mínima que, sin embargo, terminó teniendo consecuencias enormes. Y uno no puede dejar de preguntarse cuánto daño puede producir una división cuando dejamos de ver al adversario como un hermano y comenzamos a verlo como un enemigo.

Durante todo este proceso, que comenzó hace ya varios años, me ha llamado poderosamente la atención que las federaciones involucradas no hayan tenido, a mi juicio, la misma oportunidad de exponer públicamente sus argumentos en determinados espacios informativos. Y aquí vuelvo a una palabra que considero sagrada para quienes ejercemos la comunicación: la verdad.

La verdad no pertenece a una persona, a un periódico, a una federación ni a un Comité Ejecutivo. La verdad pertenece a todos. Y para acercarnos a ella necesitamos escuchar. Jesús mismo nos enseñó el valor de escuchar antes de juzgar, de comprender antes de condenar y de tender la mano incluso cuando el otro piensa diferente.

Por eso, el derecho a réplica no debería verse como una concesión que se le hace a alguien; debería entenderse como una expresión elemental de justicia.

Trabajé durante nueve años en el periódico Listín Diario, como redactor deportivo, bajo la orientación de Hugo López Morrobel, un periodista a quien siempre recordaré con respeto y gratitud. Aquellos años me enseñaron que escribir sobre otros seres humanos implica una enorme responsabilidad. Una noticia puede durar unas horas en las páginas de un periódico, pero sus consecuencias pueden acompañar a una persona durante toda una vida.

La sentencia definitiva

Hoy, después de la decisión de la Suprema Corte de Justicia, que restablece los derechos de las federaciones involucradas, considero que todos debemos detenernos un momento y reflexionar.

Cuando la Justicia habla, nos guste o no su decisión, corresponde acatarla. Esa es precisamente la grandeza de vivir en un Estado de derecho. Y también es una oportunidad para que quienes participaron en este conflicto miren hacia atrás y se pregunten no solamente quién tuvo la razón, sino cuánto daño pudo haberse evitado.

He leído las declaraciones del señor Garibaldy Bautista y entiendo que él tiene derecho a defender las actuaciones del Comité Ejecutivo que preside. Pero exactamente el mismo derecho tienen aquellos dirigentes que estuvieron del otro lado. No podemos reclamar justicia para nosotros y negársela a los demás. No podemos pedir comprensión cuando somos señalados y, al mismo tiempo, cerrar los oídos cuando otros reclaman ser escuchados.

A veces pienso que en el deporte dominicano nos hace falta algo que en las iglesias se predica constantemente y que, fuera de ellas, olvidamos con demasiada facilidad: el perdón.

Perdonar no significa declarar que el otro tenía razón. Significa decidir que el pasado no seguirá gobernando nuestro futuro. Significa reconocer que todos podemos equivocarnos y que ninguna posición, por importante que sea, nos hace superiores al prójimo.

Por eso, más que reclamar una victoria para una parte u otra, lo que reclamo es justicia, equilibrio y humanidad.

Si la Justicia ya restableció los derechos de esas federaciones, no tiene sentido continuar alimentando un conflicto que ha dejado demasiadas heridas. Lo que corresponde ahora es bajar el tono, escuchar al otro, reconocer los errores que haya que reconocer y buscar la reconciliación.

El deporte dominicano no necesita más trincheras. Necesita puentes.

Esa es la razón última de estas líneas. No escribo para alimentar una guerra, sino para pedir que termine. No escribo para humillar a nadie, sino para recordar que todos tenemos dignidad. No escribo para reclamar que una parte sea escuchada por encima de la otra, sino para que todas las partes tengan la oportunidad de hablar.

Porque la verdad no necesita gritos; necesita espacio. Y la justicia no necesita venganza; necesita conciencia.

Que Dios permita que quienes tenemos alguna responsabilidad en el deporte, en el periodismo y en las instituciones entendamos finalmente que ninguna victoria institucional puede compararse con la paz de haber actuado correctamente.

Y que, cuando llegue el momento de mirar atrás, podamos decir que, aun en medio de las diferencias, nunca dejamos de ver en el otro a un ser humano.

Porque quizá esa sea la verdadera victoria que todavía le debemos al deporte dominicano.

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