¡El gran pulso por el poder en el olimpismo dominicano!
Luis Chanlatte vuelve al centro de la controversia mientras crecen los cuestionamientos sobre el manejo del COD, las luchas internas y el futuro del movimiento olímpico nacional.
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RESUMEN
POR LUIS CIPRIAN
LA ROMANA, RD.- Mis estimados lectores de LA VOZ DE LA NOTICIA RD, hoy quiero poner sobre la mesa un tema que, por su importancia, no debería pasar inadvertido para quienes siguen el acontecer deportivo nacional. Se trata de la figura de Luis Chanlatte, un dirigente que durante años ha logrado mantenerse en posiciones de considerable influencia dentro del movimiento olímpico dominicano. Su trayectoria merece ser observada con detenimiento, no desde la animadversión personal, sino desde una pregunta que considero legítima: ¿qué está ocurriendo con las instituciones que tienen la responsabilidad de conducir el deporte olímpico de la República Dominicana?
Chanlatte ha formado parte en dos ocasiones del Comité Ejecutivo del Comité Olímpico Dominicano (COD), una posición que, por su naturaleza, exige no solamente capacidad dirigencial, sino también un profundo compromiso con las normas, los principios y la institucionalidad olímpica. Su primera experiencia dentro de ese organismo estuvo marcada por una suspensión vinculada a actuaciones que fueron consideradas incompatibles con las disposiciones estatutarias. Sin embargo, el tiempo pasó y volvió al escenario de mayor relevancia del olimpismo nacional, llegando incluso a ocupar la Secretaría General. Y es precisamente esa capacidad de regresar y mantenerse vigente la que convierte su trayectoria en un caso digno de análisis.
No podemos hablar del ascenso de determinados dirigentes sin mirar también el contexto político y administrativo que rodea al deporte dominicano. Durante años, distintos sectores han cuestionado la manera en que se han tomado algunas decisiones desde las estructuras deportivas y desde el propio Ministerio de Deportes. En ese escenario aparecieron organizaciones y disciplinas que han generado interrogantes respecto a su reconocimiento, participación internacional y asignación de recursos. El caso del wushu ha sido citado frecuentemente en esas discusiones. Pero más allá de una federación determinada, lo verdaderamente importante es establecer si el dinero público se distribuye con criterios objetivos, transparentes y deportivos, o si existen otros factores que terminan pesando más que los méritos y resultados.
Y aquí llegamos a uno de los puntos más delicados: el poder. En el deporte, como en cualquier otra actividad humana, el poder puede ser utilizado para construir o para destruir. Cuando las relaciones personales, los intereses particulares o las alianzas circunstanciales comienzan a imponerse sobre las instituciones, la consecuencia inevitable es el debilitamiento de la confianza. El Comité Olímpico Dominicano no puede convertirse en escenario de luchas internas donde cada sector intenta colocar piezas para garantizar su permanencia o conquistar posiciones futuras. El COD debe ser mucho más grande que cualquier dirigente, grupo o proyecto personal.
Una de las principales críticas que se han escuchado en los últimos tiempos apunta precisamente a la intervención en los asuntos internos de determinadas federaciones deportivas. Si una organización deportiva tiene autoridades legítimamente constituidas, cualquier modificación de su estructura debe realizarse conforme a los estatutos y reglamentos correspondientes. Lo contrario abre la puerta a una peligrosa percepción: que las federaciones pueden ser utilizadas como instrumentos para construir mayorías, controlar votos o impulsar determinadas candidaturas dentro del Comité Olímpico. Si esas acusaciones existen, corresponde a las autoridades ofrecer explicaciones claras y documentadas.
Porque no nos engañemos: detrás de muchas de las disputas del movimiento olímpico no solamente están los principios deportivos. También está el control de estructuras, la influencia, los votos y la posibilidad de ocupar posiciones de poder. Y cuando un dirigente consigue establecer una red de respaldos dentro de diferentes organismos, adquiere una capacidad de influencia que puede ser determinante en cualquier elección. Esa realidad no es exclusiva de República Dominicana, pero precisamente por eso debemos exigir que nuestras instituciones tengan suficientes mecanismos de transparencia para impedir que el interés individual termine desplazando el interés colectivo.
En el caso particular de Luis Chanlatte, su regreso al Comité Ejecutivo y su posterior desempeño en una posición tan importante como la Secretaría General inevitablemente generan interrogantes. ¿Qué cambió entre una etapa y otra? ¿Qué enseñanzas ha dejado la controversia? ¿Se fortalecieron los mecanismos institucionales? ¿Existe hoy una cultura de rendición de cuentas capaz de garantizar que todos los dirigentes sean medidos con la misma vara? Son preguntas legítimas. Y responderlas no debería interpretarse como una agresión, sino como parte del ejercicio democrático que debe existir en cualquier institución que administre intereses colectivos.
También debemos preguntarnos qué significa realmente ser dirigente deportivo. Para algunos, pudiera parecer que se trata simplemente de alcanzar un cargo y conservarlo durante el mayor tiempo posible. Para mí, el verdadero liderazgo es exactamente lo contrario. Un dirigente debe estar dispuesto a escuchar, conciliar, respetar las reglas y colocar los intereses de los atletas por encima de sus aspiraciones personales. El deporte dominicano no necesita dirigentes que vivan pendientes del próximo cargo; necesita hombres y mujeres capaces de dejar una institución más fuerte, más respetada y más transparente de como la encontraron.
Hay una expresión que resume perfectamente uno de los males que pueden afectar a cualquier organización: “yo soy”. Cuando el individuo comienza a colocarse por encima de la institución, cuando el cargo se confunde con la persona y cuando se llega a pensar que sin determinado dirigente nada funciona, estamos ante una señal de alarma. Nadie es imprescindible. Los dirigentes pasan; las instituciones permanecen. El atleta que dedica años de sacrificio para representar al país merece un sistema deportivo donde sus oportunidades no dependan de sus relaciones con tal o cual dirigente.
Por eso, más que convertir este asunto en una disputa entre nombres, debemos convertirlo en una discusión sobre el futuro del olimpismo dominicano. Luis Chanlatte tiene derecho a defender su trayectoria y a responder a cada uno de los cuestionamientos que se le formulen; de la misma manera, quienes critican su gestión tienen el deber de hacerlo con argumentos, documentos y hechos verificables. Pero el Comité Olímpico Dominicano tiene una responsabilidad todavía mayor: recuperar la confianza, fortalecer su institucionalidad y demostrar que sus decisiones responden exclusivamente al interés del deporte nacional. Porque al final, el poder dentro del olimpismo debe ser un instrumento para servir al deporte, nunca un mecanismo para servirse de él.






