“Entre la traición y el perdón: una reflexión sobre el verdadero liderazgo Deportivo”

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RESUMEN
Freddy Núñez, tras su experiencia en el hospital y la celebración de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, reflexiona sobre el liderazgo en el deporte, especialmente en la Federación Dominicana de Pentatlón Moderno. A pesar de los elogios por la organización del evento, se cuestiona la actitud de su máxima autoridad, quien se centró en criticar en lugar de apoyar a los atletas. Esta situación resalta la necesidad de que los dirigentes sirvan a sus deportistas y asuman la responsabilidad de los resultados. Núñez también comparte su dolor personal por traiciones cercanas, recordando que las heridas más profundas a menudo provienen de quienes consideramos amigos o familiares. A través de ejemplos bíblicos, subraya que el verdadero liderazgo implica humildad y servicio, y que el perdón es fundamental para no dejar que el resentimiento gobierne nuestras vidas. Al final, lo que perdura son las acciones y el testimonio de cómo tratamos a los demás.
- La reflexión se centra en el verdadero liderazgo en el deporte.
- Se critica la actitud de la máxima autoridad de la Federación Dominicana de Pentatlón Moderno.
- Se enfatiza la importancia de servir a los atletas y asumir responsabilidades.
- Se comparten experiencias personales sobre traiciones y el dolor que estas causan.
- Se destaca el valor del perdón y la humildad en el ejercicio del liderazgo.
La reflexión de Freddy Núñez aborda el verdadero liderazgo en el deporte, destacando la importancia de servir a los atletas en lugar de buscar protagonismo. A través de experiencias personales y enseñanzas del Evangelio, enfatiza que la traición puede venir de quienes más cerca están, y que el perdón es esencial para no dejarse dominar por el dolor.
POR FREDDY NÚÑEZ JORGE
SANTO DOMINGO, RD.- A raíz de la celebración de los recién pasados Juegos Centroamericanos y del Caribe, varios amigos de diferentes países, vinculados al pentatlón moderno, me hicieron llegar sus impresiones sobre el desarrollo de las competencias celebradas en República Dominicana. Lamentablemente, no pude compartir con ellos durante su estadía, pues me encontraba interno durante 14 días en el Hospital General Plaza de la Salud, afectado por una pulmonía.
Meses después de concluidos los Juegos, esos amigos me hablaron del excelente montaje y desarrollo de las competencias. Sus palabras me llenaron de satisfacción, porque cuando nuestro país organiza un evento internacional y recibe elogios por su trabajo, todos debemos sentirnos orgullosos.
Sin embargo, también me hicieron llegar una situación que me llevó a reflexionar. Según me contaron, quien se presenta como máxima autoridad de la Federación Dominicana de Pentatlón Moderno habría dedicado parte importante de la justa a señalar defectos y cuestionar el montaje, en lugar de concentrarse en sus atletas y en la responsabilidad que tenía con ellos.
La situación llegó, según me relataron, al punto de que un delegado tuvo que llamarle la atención y decirle: “No tengo ningún inconveniente en saber cómo llegaste a la Federación, pero mejor dedícale tiempo a tu atleta”. Una frase sencilla, pero que encierra una gran verdad.
El Evangelio nos enseña que quien quiera ser grande debe hacerse servidor. El liderazgo verdadero no consiste en buscar protagonismo, señalar culpables o demostrar autoridad; consiste en servir, acompañar y procurar el bienestar de aquellos que han sido puestos bajo nuestra responsabilidad.
Por eso tampoco considero justo cargar sobre los atletas la responsabilidad por resultados que no fueron los esperados. Detrás de cada atleta hay sacrificios, horas de entrenamiento, sueños y muchas veces renuncias personales. Como se comenta hubo mucho recursos destinados a preparación y fogueos, corresponde a quienes dirigen explicar cómo se planificó y cómo se utilizó ese apoyo.
Cuando un resultado no llega, el dirigente responsable no debe buscar primero a quién culpar, sino preguntarse qué pudo hacer mejor. Jesús nos enseñó a mirar primero la viga que está en nuestro propio ojo antes de señalar la paja en el ojo ajeno. Esa enseñanza también tiene aplicación en el deporte y en la vida.
El deporte necesita dirigentes que comprendan que los atletas no están para servir a los dirigentes; son los dirigentes quienes tienen el deber de servir a los atletas. El cargo es temporal, pero la manera en que ejercemos ese cargo deja una huella que permanece.
En cuanto a la reiterada pregunta de “qué pasará con tu hijo que dirige la Federación”, le diré que todo está en mano de la justicia y ya la justicia habló con una sentencia definitiva de la Suprema Corte de Justicia.
Mi reflexión
Como recordarán algunas de las heridas más difíciles de asimilar no vienen de nuestros enemigos, sino de personas a quienes alguna vez consideramos cercanas, como en mi caso mi propio hijo Kenny Núñez.
Abel no murió a manos de un desconocido; fue su hermano Caín quien levantó la mano contra él. José no fue vendido por un extraño; fueron sus propios hermanos quienes lo entregaron. David también conoció el dolor de la envidia dentro de su propia familia.
Y Judas tampoco era un desconocido. Se sentó a la mesa con Jesús, caminó con Él y formó parte de su círculo cercano. Sin embargo, terminó traicionándolo. Esto nos recuerda que la cercanía no siempre garantiza la lealtad y que el corazón humano puede apartarse incluso cuando ha conocido la verdad.
Por eso, cuando me preguntan si me he sentido traicionado por personas en las que alguna vez deposité confianza, debo reconocer que sí he conocido ese dolor. También he sido víctima de maquinaciones de personas con poder económico e influencia. Pero el Evangelio me enseña que el dolor no debe convertirnos en personas llenas de odio o deseos de venganza.
Cristo, aun desde la cruz, pidió al Padre que perdonara a quienes le hacían daño. Perdonar no significa olvidar lo ocurrido ni negar la injusticia; significa no permitir que el mal de otros termine gobernando nuestro propio corazón.
Al final, todos tendremos que responder por la manera en que utilizamos la confianza que recibimos. Los cargos pasan, las posiciones cambian y las personas eventualmente dejan de ocupar los espacios que alguna vez tuvieron. Lo que permanece es el testimonio de nuestras acciones.
Por eso prefiero quedarme con una enseñanza sencilla del Evangelio: quien tiene autoridad debe utilizarla para servir; quien tiene poder debe ejercerlo con humildad; quien ha sido herido debe procurar no convertirse en aquello que tanto le hizo daño. Porque, al final del camino, más importante que el cargo que ocupamos será la forma en que tratamos a los demás mientras estuvimos allí.






