La sombra del poder y la lección del tiempo
Quien olvida sus raíces, tarde o temprano enfrentará las lecciones del destino

Analizando noticia con IA…espere un momento.
RESUMEN
POR FREDDY NÚÑEZ JORGE
SANTO DOMINGO, RD.- La historia humana está llena de enseñanzas que no siempre vienen de los libros, sino de la sabiduría popular. Los refranes, nacidos de la experiencia colectiva, resumen en pocas palabras verdades profundas que el tiempo confirma una y otra vez. Expresiones como “no hagas daño, porque puede revertirse en tu contra”, “o “el poder es como una sombra que pasa” no son simples frases antiguas: son advertencias morales sobre la conducta humana y la fragilidad de la grandeza.
Vivimos en una sociedad donde muchas personas, luego de haber conocido la escasez, la necesidad y las humillaciones de una infancia difícil, cuando alcanzan una posición importante olvidan rápidamente el camino recorrido. La memoria, que debería ser escuela de humildad, se convierte en una página arrancada. Donde antes hubo carencias, ahora surge arrogancia; donde antes hubo promesas de solidaridad, aparece indiferencia.
Es común ver cómo algunos, al llegar a puestos de poder, cambian no solo de entorno, sino también de valores. Se distancian de quienes caminaron con ellos en los días difíciles, reemplazan viejas amistades por relaciones convenientes y comienzan a mirar desde arriba a quienes antes eran sus iguales. El cargo se convierte en pedestal, y el servicio público en instrumento de vanidad personal.
La experiencia dominicana ha ofrecido ejemplos que invitan a reflexionar. El caso de la magistrada Miriam Germán es recordado por muchos como símbolo de dignidad frente al intento de humillación pública. Quien fue cuestionada y tratada con desconsideración terminó luego ocupando una de las más altas responsabilidades institucionales del país.
Así actúa la vida. Da vueltas inesperadas. Cambia escenarios, invierte papeles, mueve fichas que muchos creían inmóviles. El poder político y económico no es eterno. Es prestado. Tiene fecha de caducidad, aunque algunos lo ignoren mientras lo disfrutan.
También se observa con frecuencia cómo personas surgidas desde abajo, al ser designadas en ministerios o instituciones, olvidan a “los compañeritos de la base”, aquellos que los apoyaron cuando no tenían nada. Se rodean de aduladores, de nuevos amigos interesados, de familiares colocados estratégicamente. Confunden liderazgo con privilegio, y responsabilidad con herencia. Caen en el nepotismo y en la soberbia de creer que el puesto les pertenece por derecho natural.
Sin embargo, la realidad siempre observa en silencio. Como dice el refrán, “las paredes tienen oídos y los árboles ojos”. Nada queda oculto para siempre. Los abusos administrativos, las traiciones, los desprecios y las injusticias dejan huellas. Tal vez no haya consecuencias inmediatas, pero el tiempo acumula facturas que tarde o temprano presenta.
El “karma”, no siempre llega de forma espectacular. A veces se manifiesta, en la soledad cuando termina el cargo, en el rechazo social, en el descrédito público o en la conciencia inquieta que no deja descansar. derrotas políticas, ruina personal o la amarga experiencia de recibir el mismo trato que antes se dio a otros.
Frente a todo esto, la fe también ocupa un lugar esencial. Creer que existe una justicia superior, Dios es más grande que el mundo y que ninguna prepotencia humana está por encima de Su voluntad, ofrece consuelo a quienes sufren atropellos. No siempre la recompensa llega rápido, pero la paciencia sostenida por la fe ha sido refugio de innumerables personas a lo largo de la historia.
Pedir con fe, actuar con rectitud y esperar con esperanza no significa resignarse, sino confiar en que el bien no es inútil y que el mal no queda impune para siempre. La justicia divina tiene ritmos distintos a la humana, pero suele sorprender cuando menos se espera.
La verdadera grandeza no consiste en llegar alto, sino en no olvidar desde dónde se vino. No está en mandar, sino en servir. No está en rodearse de privilegios, sino en conservar la humildad cuando llegan los honores. Quien recuerda sus raíces trata con respeto al humilde, escucha al necesitado y no usa el poder para venganzas ni desprecios.
Por eso conviene repetir una verdad sencilla y eterna: no haga daño a nadie. Lo que se siembra, de una forma u otra, se cosecha. El poder pasa, los cargos terminan, los aplausos se apagan. Pero la memoria de las acciones permanece. Y cuando todo lo externo desaparece, solo queda el peso de lo que fuimos capaces de hacer con el breve poder que tuvimos en las manos.






