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Entre la traición, el dolor y el perdón, Dios siempre tiene la última palabra

Perdonar no significa olvidar lo ocurrido ni permitir que nos sigan haciendo daño


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POR FREDDY NÚÑEZ JORGE

 SANTO DOMINGO, RD.- Hay conversaciones que uno no busca, pero que llegan en el momento menos esperado. Algunas nos sorprenden, otras nos incomodan y existen aquellas que, aunque preferiríamos evitar, terminan obligándonos a mirar de frente heridas que todavía no han terminado de cerrar. Este viernes viví precisamente una de esas situaciones.

Me encontraba visitando a la otorrinolaringóloga, con quien estoy tratando una sinusitis, en el Hospital General Plaza de la Salud, cuando me encontré con un amigo de mi campo, del municipio de Imbert, Puerto Plata. Al igual que yo, se encontraba en el edificio número 5,  donde tenía una cita con la diabetóloga. Después de nuestras respectivas consultas, decidimos pasar a la cafetería del lugar para almorzar. Todo transcurría con absoluta normalidad, hasta que, después de terminar nuestro almuerzo, mi amigo, cambió el tono de la conversación.

Hermano, yo no quería hablarte de esto, pero sé por lo que has estado pasando con tu hijo Kenny”, me dijo. Guardé silencio y me quedé mirándolo fijamente, esperando que terminara de hablar, porque este es un tema que, durante mucho tiempo, he preferido mantener alejado de las conversaciones públicas.

Al notar que me había quedado pensativo, mi amigo, como buen evangélico que es, quiso llevar la conversación hacia una reflexión bíblica. Me recordó la historia del rey David y su hijo Absalón, para demostrarme que incluso en las familias pueden producirse situaciones dolorosas, traiciones, críticas y enfrentamientos. Aquella referencia me hizo pensar profundamente, porque una de las cosas que más duele en la vida es descubrir que una herida puede venir precisamente de alguien a quien hemos amado, protegido y considerado parte de nosotros mismos.

Del enemigo uno puede esperar una batalla; del adversario, una crítica; y del desconocido, indiferencia. Pero cuando el golpe viene de alguien cercano, la herida adquiere otra dimensión. La sangre crea vínculos, pero no garantiza lealtad; compartir una familia tampoco significa que todos sus miembros pensarán, actuarán o sentirán de la misma manera.

Mi amigo también me pidió que intentara perdonar. Y creo que aquí existe una gran diferencia entre perdonar y permitir que alguien continúe haciéndonos daño. Perdonar puede ser una decisión del corazón y de la fe, mientras que poner límites puede ser una decisión de dignidad y de protección personal.

Con los años he aprendido que no todas las batallas merecen ser libradas y meno con quien decidió traicionarnos a cambió de un puñado de monedas y la entrega de la Federación Dominicana de Pentatlón Moderno. Por eso, en determinadas circunstancias, he preferido el silencio.

También he aprendido que cuando una persona dedica demasiado tiempo a hablar de otra, muchas veces termina revelando más de sí misma que de aquella a quien pretende desacreditar. Las palabras pueden repetirse una y otra vez, pero tarde o temprano son los hechos los que permanecen.

Hay dolores que resultan difíciles de explicar, y uno de ellos es descubrir que la relación con un hijo puede transformarse hasta convertirse en distancia. Los padres muchas veces imaginamos que los hijos continuarán siendo una extensión de los afectos que construimos durante años, pero ellos crecen, toman sus propias decisiones y pueden terminar recorriendo caminos que jamás imaginamos. Un padre puede sentirse orgulloso de los logros de un hijo y, al mismo tiempo, sentirse profundamente herido por determinadas palabras o acciones.

Después de aquella conversación en la cafetería, me quedé pensando en David, en Absalón y en tantas familias que, por diferentes circunstancias, han terminado divididas. Pensé también en padres que dejaron de hablar con sus hijos, hijos que se alejaron de sus padres, hermanos que terminaron convertidos en extraños y personas que alguna vez compartieron afectos y luego terminaron enfrentadas. La vida está llena de historias así, y cada una nos recuerda que el amor, la confianza y la familia deben cuidarse, porque cuando se rompen, las consecuencias pueden ser profundas.

Hoy puedo reconocer que sigo siendo un ser humano herido por determinadas circunstancias, pero también soy un hombre que ha decidido no permitir que esas heridas definan el resto de mi vida. Quizás una de las mayores expresiones de madurez consiste en aprender a querer sin invadir, perdonar sin negar lo ocurrido y poner distancia sin convertir esa distancia en odio. Algunas puertas pueden cerrarse sin rencor y algunos vínculos pueden cambiar sin necesidad de una guerra. Lo importante es encontrar la manera de seguir adelante con el corazón en paz.

Mi reflexión final es sencilla: no quiero pasar el resto de mi vida explicando el tema de la traición, prefiero dejar que el tiempo, los hechos y Dios coloquen cada cosa en su lugar, mientras tanto, elijo perdonar, mantener la distancia que considere necesaria y seguir caminando. Porque al final de la vida, más importante que tener la última palabra es poder mirar hacia atrás y saber que, aun después de haber sido herido, uno no permitió que el dolor le robara la paz del corazón.

 

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